Fragmento del libro "shishilo" por Dante Cayetano Fiorentino

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Fragmento del libro "shishilo" por Dante Cayetano Fiorentino

Mensaje  Admin el Mar Sep 27, 2011 9:33 am

Sentado bajo un algarrobo, a la hora de la siesta lloraba el niño, haciendo con el dedo índice un pocito en la tierra. Las lágrimas le dejaban huellas de “cancha” en el rostro mugriento.
-¿Qué te pasa, Shishilo? le pregunté.
Continuó llorando con insistencia de moscardón mientras el dedo daba ahora con una raíz.
-¿Te han pegado?
-Noooo -repuso soltando la lengua.
-¿Y por qué lloras?
-He perdío la plata que me ha dado mi mama pa’que compre azúcar -dijo con una voz oscilante, mezclada de burbujas de saliva que crecían y reventaban entre sus labios. A1 escucharse, recordó el motivo de su desconsuelo y el llanto se tornó más vivo y más agudo. -Y me ha dicho que si volvía a perder la plata me iba a “quebrajiar” los güesos -agregó siempre con tropezones de aire-.
-Bueno, cállate hombre, yo te lo voy a conseguir -le aseguré-.
-¿Ah...? -dijo levantando la cabeza y mirándome con una esperanza que le desbordaba por sus grandes ojos negros y mojados. Un mechón de pelos desteñidos y duros partían de su frente y se detenían en el aire, formando una visera en cepillo. Por eso le decían Shishilo, porque tenía el pelo como herrumbre nuevo, mezcla de negro, rubio y colorado, como las shishis, esas hormigas que en busca de azúcar invaden las gavetas dejadas al descuido.
-Esperame, ya vengo.
Se quedó cabeceando de costado con una respiración aún no normalizada. Un aliento de horno se levantaba de la tierra en lenguas viboreantes que se trepaban por las piernas. El sol partía la cabeza y resquebrajaba en hexágonos encogidos el piso de las represas resecas. En un vinal, colgaba como un enjambre de avispas un nido de cotorras que hería a grito pelado el silencio caliente. Me deslicé en la habitación de mis padres y aprovechando su sueño, llené de azúcar mis bolsillos. Até nuevamente la boca de la bolsa y escudándome en un fuerte ronquido de mi padre, cerré la puerta. Crucé corriendo un pedazo de pampa con las cargas de azúcar que bailaban como alforjas. Shishilo me vio llegar con ojos ávidos y anhelantes. Sacó la servilleta manchada de aureolas de mate y la extendió en el suelo.
Cuando hube vaciado todo el contenido de mis bolsillos, ató los cuatro extremos de la servilleta, metió el bulto dulce entre la piel y la camisa y apretándolo como a un tesoro salió disparando sin decir una palabra. Me quedé con los muslos pegajosos de melcocha mientras lo veía perderse detrás del paso a nivel. En el suelo, un montón de hormigas nerviosas se disputaban unos granitos de azúcar que habían caído, llenando la sombra de olor a shishi.
Pobre Shishilo… sus pies descalzos habían lacrado la tierra como un sello. Epidermis gruesa y áspera; atravesaba los cercos de ramas pisando en los raros tramos sin espinas.
A veces se rompía la rama y un aguijón vegetal de varios centímetros le traspasaba la carne arrancándole un “¡aiaítay!” húmedo de lágrimas; se sentaba, tiraba con fuerza y la espina salía abriendo un boquete duro y seco. Era necesario apretar para que manara la sangre, que corría luego lavando el hueco. Escupía en el suelo para hacer un barrito medicinal y se lo aplicaba en la herida. Renguearía unos días y la hincadura se cerraría dejando un lunar negro y doloroso.
Al día siguiente, Shishilo fue a mi casa. Un gran pedazo de tortilla, irregular como un mapa, le desfiguraba el bolsillo.
-Tomá -me dijo tendiéndomelo- le he sacado a mi mama del canasto.
-Y vos, ¿ya has comido? -pregunté.
-No… yo no quiero -expresó tragando saliva:
Yo comía en silencio, pendiente siempre de su mirada que corría de un objeto a otro, como una mosca, inquieta, famélica, esforzándose por no posarse en la tortilla cuyo olor hacía estragos en su estómago, produciéndole sensación de angustia. Al fin me miró y sonrió. Sin decir nada le tendí un pedazo. Meneó la cabeza. Insistí con el gesto.
-¡No quiero! -contestó mirando ya francamente mi mano. Le exigí con la energía de un jugador de truco que vuelca una carta sobre la mesa:
-¡Coma, mi amigo!
Se puso serio y aferrándose a la negativa me apartó la mano con firmeza.
-Pero ¿Por qué? -indagué ya molesto.
Clavó los ojos en el horizonte, su expresión se tornó adulta y con voz grave expresó:
- ¡Primera vez... que le robo a mi mama!

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